Quien nada en la abundancia puede acostumbrarse a naturalizar que todo le viene de arriba, sin sacrificio ni trabajo a largo plazo.
Grosero error, lógicamente.
La Selección argentina masculina de básquetbol hizo posible lo hasta poco tiempo antes impensado: que el fanático, el hincha raso del deporte y hasta quienes sólo ven los lanzamientos al aro cuando hay un gran torneo coincidan en pedirles imposibles.
O en naturalizar lo antinatural: que los resultados llegan sin planificación ni trabajo.

Con la clasificación olímpica a Tokio 2020 consumada en el Mundial, es otra tentación sumarse a ese razonamiento.
No es lo aconsejable, porque es inmenso el valor histórico de que el básquetbol masculino celeste y blanco pueda competir en sus octavos Juegos Olímpicos, los quintos de manera consecutiva.

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Lo es porque se construyó en dos escalas: una micro, desde la eliminación en octavos de final del Mundial de España 2014; y otra macro, cuando los integrantes de la Generación Dorada comenzaron a avisar que su tiempo terminaría y que los jóvenes debían tomar la posta para mantener la identidad de juego y los valores que generaron respeto hacia Argentina en el mundo.

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Apenas Estados Unidos derrotó 89-73 a Brasil en Shenzhen, en un hotel de Dongguan se escucharon aplausos.
Y enseguida, un grito de voces alegres: “¡Boronbombón, boronbombón, el que no salta no va a Japón!”.

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Sergio Hernández se paró a saludar a cada uno de sus doce dirigidos, con el cuerpo técnico a su lado. Argentina se había asegurado una de las dos plazas olímpicas reservadas para América en el Mundial.
Ahora podrá jugar sin esa presión en lo que resta del torneo, comenzando por el duelo que este martes a las 8 tendrá contra Serbia, nada menos, por los cuartos de final.

En la primera fila de los sillones, delante del televisor, una sonrisa y un brazo levantado lo decían todo.
Eran los de Luis Scola, capitán, símbolo y único sobreviviente del equipo que marcó una era en el deporte mundial.
Su alegría era evidente.
Lo que él le había dicho a Clarín un día después del adiós en España 2014 se había conseguido.

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“Disfruto de ser parte de esta transición, pero la realidad marca que no puedo participar como maquinista.
Con suerte, estoy para acompañar, pero ya no para ser la locomotora.
La Selección tiene que pasar de manos.
Así funciona y está bien que sea así. Lo importante es quién va a tomar esa posta, cómo toman esa posta y cómo ese grupo lleva al equipo empujando el carro.
La Selección es de ellos
, comentó entonces ante este cronista en “La Qchara de Pachi”, un restorán frente al hotel donde se alojaba Argentina en Madrid.

En un país que necesita ejemplos para no caer en improvisaciones pasajeras, el básquetbol argentino mostró que las transiciones hay que llevarlas adelante paso a paso, sin quemar etapas; que los proyectos a largo plazo merecen confianza; que el talento se solidifica con trabajo; que los mejores equipos se potencian con química y con lazos de amistad; que a veces hay que confiar en la autoridad y otras es mejor abrirle el juego a la horizontalidad para afrontar la coyuntura; y que hay que laburar a conciencia, con objetivos claros.

Argentina es olímpica de nuevo en básquetbol.
Nada más merecido.

Fuente: Diario Clarín >> lea el artículo original