En la lejana Finlandia, un nuevo programa social ha sido portada de muchos diarios nacionales.
El país escandinavo no deja de ser esa remota tierra prometida en la que el resto de países occidentales ponen el foco como ejemplo a seguir por su (supuesto) correcto funcionamiento del estado de bienestar; sobre todo a raíz del éxito cosechado en la introducción de una renta básica universal entre sus ciudadanos o su excelente y envidiado sistema educativo.

En los últimos meses, se ha propuesto una nueva solución para atajar dos problemas. El primero, de índole social, como es la triste realidad de que a día de hoy muchas personas en las ciudades europeas no tengan un sitio donde dormir o vivir.
El segundo, de tipo económico, como viene a ser la caída de la venta y alquiler de viviendas. ¿El resultado? Un programa social definitivo por el que los sintecho pueden realizar un pago razonable por tener una vivienda y un espacio para vivir de forma cómoda y digna.

Desde que se lanzó el proyecto en 2008, se han creado 3.500 viviendas y el índice de personas sin hogar ha caído en más del 35%

'Decidimos entregar la vivienda de forma incondicional', asegura Juha Kaakinen, CEO del programa Housing First, en un reportaje de 'The Guardian'.
'Para decirles, mira, no necesitas resolver tus problemas antes de disponer de un hogar, En cambio, una casa debe ser la base segura que facilite la solución de tus problemas.
Estaba claro para todos que el viejo sistema no estaba funcionando y debíamos dar un giro radical'.
¿Cómo ha afectado a las vidas de la población? ¿Ha servido de verdad para reducir la indigencia en el frío país norteño?

Por primera vez en más de una década, una joven de 31 años llamada Tatu Ainesmaa tiene una casa en la que vivir.
Atrás queda un pasado de infortunios y disgustos, que acabaron dejándola en la calle.
Ahora reside en un apartamento de dos habitaciones en un pequeño y reformado bloque de edificios de un concurrido suburbio de Helsinki. 'Es un gran milagro', asegura al periodista Jon Henley, autor del reportaje, en el rotativo británico.
'He estado en comunas, pero todos consumían drogas y tuve que salir de allí.
También he estado viviendo con parejas en las que nada salió bien.
He vivido en el sofá de la casa de mi hermano.
Y también al aire libre.
Nunca he tenido un lugar propio, esto es demasiado bueno para mí'.

Ainesmaa vive junto a otros 21 inquilinos, hombres y mujeres como ella que un día no tuvieron otra opción que dormir al raso.
'En la planta baja, en el bloque de dos pisos, se encuentra una luminosa sala de estar y comedor comunal, una cocina impecable, una sala de gimnasio y una sauna (en Finlandia las saunas son básicamente obligatorias)', describe Henley.
'Cada uno de ellos tiene un contrato de alquiler que paga y, si es necesario, pide un préstamo al estado'.

'Tuvimos que deshacernos de los refugios nocturnos y de los albergues de corta duración que aún teníamos', expilica Kaakinen.
'Llevábamos mucho tiempo con ese sistema y no estaban sacando a la gente de la calle.
Entonces, decidimos revertirlo'.
Con el apoyo estatal, municipal y de las ONG del país, se compraron pisos, se construyeron nuevos bloques y los antiguos refugios se convirtieron en hogares permanentes y cómodos, entre ellos, el albergue del barrio Rukkila, en Helsinki, donde actualmente vive Ainesmaa.

Después de un periodo de prueba de 6 meses, los contratos se hacen permanentes, quedándose allí de forma fija a no ser que rompan las reglas

Desde que se lanzó el proyecto en 2008, se han creado 3.500 viviendas y el índice de personas sin hogar ha caído en más del 35%.
'En mi infancia había cientos de personas en todo el país que dormían en parques y bosques', asegura Sanna Versikansa, teniente de alcalde de la capital.
'Ya casi no tenemos nada de eso.
Dormir en la calle está visto como algo raro'.
Seguramente Helsinki sea una de las peores ciudades de todo el planeta en la que pasar la noche al aire libre, ya que las temperaturas invernales pueden caer en picado hasta los 20 grados bajo cero.

Si lo extrapolamos a nuestro país, solo en Madrid hay más de 1.200 personas que duermen cada noche al raso, la mayoría inmigrantes, aunque después de la crisis las familias españolas también se han tenido que enfrentar a esta cruda realidad. El perfil suele ser hombres (un 75,8%), mayores de cuarenta años y una media de 7,5 años viviendo en las calles (muchos de ellos pasan el día solos (un 35%) frente a los que se relacionan con personas en su misma situación (otro 35%)).

'Ahora tengo mi lugar'

'Casi ninguno de los inquilinos viene directamente de la calle', asegura Saara Haapa, gerente adjunta del bloque de edificios de Rukkila.
'Los que sí lo hacen pueden tomarse un tiempo para adaptarse.
Después de un periodo de prueba de seis meses, los contratos de los inquilinos se hacen permanentes, quedándose allí de forma fija a no ser que rompan las reglas (como por ejemplo beber alcohol o consumir drogas) o no pagan el alquiler.
Algunos se quedan siete años o más, otros se van después de uno o dos.
En 2018, seis se mudaron para llevar vidas completamente independientes.
Ahora, una de ellas ejerce de limpiadora y vive en su propio apartamento, otro estudió un título de cocina y actualmente trabaja como chef'.

En el caso de Ainesmaa, se encuentra en un programa de capacitación laboral de dos años diseñado con vistas a obtener trabajo, 'Mira, no tengo nada', concluye.
'Estoy en el espectro autista, siempre que he tenido amigos me han estafado.
Pero ahora vivo en mi lugar.
Es mío y puedo construir una nueva vida'.