Empezaba la fiesta en la fuente de Salmon Street Springs, un punto clave en el corazón de Portland.

Decenas de tamborileros tocaban ritmos fascinantes y una multitud de bailaba alegremente mientras el sol poniente proyectaba un suave resplandor rosado sobre el distante Monte Hood. Los carteles con los nombres de decenas de hombres y mujeres negros asesinados por la policía se agitaban con una suave brisa, mientras la energía que se acumulaba en la manifestación aumentaba, y cada vez más personas llegaban a la plaza.

Repentinamente, Xavier Minor, de 10 años, saltó al centro del círculo y comenzó a bailar. El maestro de ceremonias tomó nota.

'¡Oye, los niños negros son el futuro! ¡Los niños negros son el futuro!', gritó, hasta que un radiante Xavier finalmente salió y se abrazó orgulloso con su padre.

Unos minutos más tarde, al caer la noche, la música se detuvo, y comenzó la marcha hacia la corte federal.

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Dos cuadras al oeste y una al sur, varias decenas de agentes federales que custodiaban el Juzgado Federal de Mark O. Hatfield, podían oír a los manifestantes que se acercaban.

Con la orden de proteger el juzgado, propiedad federal que ha sido cada vez más atacada, a medida que avanzaron las protestas de la ciudad contra la injusticia racial, los agentes se acostumbraron al simulacro. Pero esta noche, la multitud era enorme, estimada en 4.000 personas en su apogeo y la más grande que habían visto.

Un alto comandante del Servicio de Alguaciles de EE.UU. se asomó por una ventana que da al río Willamette y vio cómo la marea humana se precipitaba hacia allí. Iba a ser otra larga noche.

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El palacio de justicia, un edificio majestuoso con grandes ventanas y un interior de mármol blanco, parecía un castillo feudal sitiado. El exterior estaba cubierto con una empalizada gruesa de chapa; hendijas estrechas en la parte superior de la empalizada, a las que se accedía por un andamio mecánico, permitían a los agentes en el interior, ver a la multitud y una abertura por la que disparar gases pimienta.

La terraza fuera de la puerta principal estaba llena de basura, los escalones que conducen al juzgado salpicados de pintura. Una mezcla de graffiti antipolicía y de Black Lives Matter cubrió las paredes exteriores y las columnas del edificio hasta una altura de unos 3 metros.

Manifestantes se reúnen frente al sitiado tribunal de Mark O. Hatfield, en Portland. / AFP

Los gases lacrimógenos de las protestas de las noches anteriores todavía flotaban en el aire y cubrían el suelo con un barro que había sido limpiado apresuradamente por los custodios ese mismo día. Unas pocas plantas en macetas, de aspecto marchito, todavía decoraban el hall, un recordatorio de un tiempo antes de que el juzgado fuera un campo de batalla.

Dos visiones, una valla

En la tierra de nadie afuera estaba la valla: una gruesa instalación de hierro negro, erigida seis días antes, una línea divisoria entre el manifestante y el protector, una clara separación entre dos visiones del mundo radicalmente diferentes.

Para los manifestantes, los hombres dentro del tribunal son, en el mejor de los casos, irreflexivos secuaces políticos, y en el peor, esbirros asesinos. Para los agentes que están dentro, los manifestantes que llenan el centro de la ciudad cada noche, son anarquistas violentos, una marea humana furiosa empeñada en herir, e incluso matar, a los agentes federales que hacen su trabajo.

'Da miedo. Abres esas puertas hacia afuera, cuando la multitud está sacudiendo la valla, y... al otro lado de esa valla hay gente que quiere matarte por el trabajo que elegimos hacer y por lo que representamos', dijo un agente de los EE.UU. que ha protegido el palacio de justicia durante semanas. Solicitó el anonimato porque los manifestantes lo han identificado y han publicado su información personal en línea.

Fuerzas federales avanzan en Portland. / AFP

'No puedo salir sin temer por mi vida', dijo. 'Estoy preocupado por mi vida, cada vez que salgo del edificio'.

Este fin de semana, los periodistas de Associated Press estuvieron afuera, con los manifestantes, y dentro de la corte, con los agentes federales, documentando la caótica lucha que se ha convertido en una improbable pieza central del movimiento de protesta, que se está apoderando de Estados Unidos.

La nación hierve de ansiedad y está profundamente dividida sobre el papel de la policía, el valor de las vidas de los negros y los límites de la autoridad federal en una temporada electoral como ninguna otra. En Portland, en una sola manzana, propiedad del gobierno de EE. UU., esa ansiedad se ha convertido en confusión.

manifestantes disturbios portland eeuu

¿Es éste el comienzo de la transformación de los Estados Unidos en un estado militar, en el que los agentes federales inundan las calles y anulan a las autoridades locales? ¿O es una batalla para evitar que la violencia en Portland se convierta en el nuevo Estados Unidos, una aterradora visión pintada por el presidente Donald Trump, de lo que el futuro deparará sin su liderazgo?

El miedo y la incertidumbre sobre las respuestas a esas preguntas han estallado en Portland en un conflicto armado surrealista que se desarrolla cada noche.

El caos en Portland se extendió este fin de semana a otras ciudades, desde Oakland a Aurora, Colorado, hasta Richmond, Virginia, mientras la nación se tambalea bajo esta división.

A las 10:15 p.m. en Portland, los manifestantes hicieron su primera incursión en el conflicto: un hombre intentó escalar la valla y fue arrestado rápidamente.

Fuerzas federales arrestan a un manifestante. / AFP

Treinta minutos después, alguien disparó un fuego artificial comercial dentro de la valla. Luego vino una bengala y los manifestantes comenzaron a usar una amoladora angular para esmerilar la cerca. Un aluvión de objetos llegó al juzgado: rocas, latas, botellas de agua, papas y pelotas de goma que hacen que los agentes resbalen y caigan.

En cuestión de minutos, los agentes federales del perímetro de la valla dispararon el primer gas lacrimógeno de la noche.

Dentro del juzgado, estaba oscuro como el agua, excepto por una lamparita de techo que proyectaba un cono de luz sobre las escaleras.

Sin luces, los agentes esperaban estar más protegidos de la gente en la multitud, que disparaba bolas de metal a través de las ventanas, con piedras a través de hondas. Franjas anchas de luz verde de láseres cegadores atravesaban el hall del juzgado, obligando a los agentes que descansaban entre los despliegues de la valla a agacharse para proteger sus ojos.

Los agentes en los andamios disparaban gases pimienta a través de las rendijas de las ventanas a la multitud, mientras otros se sentaban tranquilamente en bancos de mármol en el hall, solos o en pequeños grupos, y esperaban su turno en la valla.

Manifestantes con barbijos y escudos. / AFP

Nadie habló mucho sobre el zumbido de los ventiladores industriales instalados para hacer volar el gas lacrimógeno nuevamente al exterior. Los hombres que no estaban en primera línea se sentaban con los cascos en la falda, pero dejaban sus máscaras de gas puestas para poder respirar, el aire todavía estaba lleno de sustancias químicas irritantes.

Cada pocos minutos, un enorme estruendo de fuegos artificiales comerciales lanzados por encima de la valla hacía que las paredes temblaran; la multitud que estaba fuera aplaudía mientras explosiones de color rojo, blanco y verde destellaban contra una gruesa cortina de gas lacrimógeno amarillento.

El Servicio Federal de Protección, el Servicio de Alguaciles de los Estados Unidos y los agentes de Aduanas y Protección de Fronteras de los Estados Unidos estaban cansados y frustrados. No querían enfrentarse a la multitud; sólo querían volver a casa. Durante semanas, el caos en el juzgado había cambiado sus horarios de sueño, había puesto patas arriba la vida de sus familias y les dejaba con el temor de que cada noche fueran alcanzados por un fuego artificial o una bengala, o cegados por un láser. Muchos fueron enviados desde fuera de la ciudad para reforzar a los agentes locales, algunos son miembros de un equipo táctico de élite de la Patrulla Fronteriza enviados como refuerzos. Pero otros ya estaban allí y dijeron que habían elegido vivir en el área de Portland y considerarla su hogar.

'Se ven muchos comentarios en las redes sociales sobre: 'Bueno, están usando equipo de protección para que no les haga daño'. Bien, te  voy a poner el mismo equipo de protección y te voy a tirar un ladrillo por la cabeza y me vas a decir si te sentís cómodo', dijo un alto funcionario del Servicio de Alguaciles de los EE.UU. que está supervisando la respuesta en Portland.

'Pueden publicar 10 segundos de algo (en las redes sociales) que se desarrolló durante varios minutos, y esos son los 10 segundos que se ven mal para nosotros, mientras que el resto se vería mal para todo el mundo', dijo, hablando de los manifestantes. 'Ellos usan lo que sirve a su narrativa'.

Afuera, una joven de pelo largo y rubio, vestida con un top y jeans, que había alcanzada por los gases, vomitó en la calle.

Gases lacrimógenos en otra noche de combates. /AFP

El gas lacrimógeno hizo retroceder a la gente que asaltaba la valla y lanzaba fuegos artificiales a los agentes, pero también se filtró un humo acre en un parque frente al juzgado.

Los vapores, indiscriminados, alcanzaron a un hombre que pasaba en bicicleta, a un profesor de secundaria, a un músico, a un médico voluntario y a docenas de personas más que habían estado muy atrás en la multitud de la protesta bailando al son de los tambores y cantando.

'Creo que la gente no se da cuenta de que en Portland seguimos jugando a la defensiva, así que todo lo que hacemos es una maniobra defensiva. Nos protegemos a lo sumo, y nos protegemos mutuamente', dijo Eli Deschera, de 21 años.

'Creo que usar la guerra química contra los civiles es cualquier cosa menos proteger y servir, que es lo que se supone que deben hacer', dijo Deschera, de Portland.

Una de las personas que estaba en la parte delantera de la valla era Travis Rogers. El ex veterano de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos renunció recientemente a su trabajo como administrador de casos de Medicaid, en parte, porque habría sido despedido de todos modos si fuera arrestado.

Esa noche, Rogers llevaba un casco y un escudo azul hecho con un barril de plástico. Como la mayoría de los días, pasó la mayor parte de la protesta tratando de derribar la valla y gritando a los agentes federales que la custodiaban, pidiéndoles que apelaran a su conciencia.

Después de seis años trabajando para el ejército, Rogers dijo que se sentía mejor equipado que otros para encontrar temas de conversación que pudieran hacer que los agentes pensaran más críticamente sobre su misión.

'Creo que es una buena idea tratar de plantar algunas semillas en sus cabezas para... que se vayan a casa y duerman. Estos son los niños y las madres y las esposas e hijas de la gente a la que les arrojan gases y van a tener que ir a casa con SUS madres y esposas e hijas', dijo Rogers, mientras los explosivos retumbaban a su alrededor. 'Trato de animarlos a que piensen que están en el lado equivocado de la historia y que no serán tratados tan amablemente'.

Pero todo lo que Rogers decía se perdía en el ruido atronador, el estruendo de los fuegos artificiales y los gases lacrimógenos que perdían sus palabras en el caos de la noche.

Los fuegos artificiales llegaron tan rápido sobre la valla que el agente no tuvo tiempo de moverse.

Explotó con un estruendo, dejando su oído ensordecido y heridas sangrantes en ambos antebrazos. Aturdido, con la ayuda de sus compañeros, se quitó los calzoncillos y una camiseta negra para que sus heridas pudieran ser examinadas y fotografiadas como evidencia.

Le dijo a sus compañeros que estaba más preocupado por su audición que por los cortes y quemaduras en los brazos.

Una mujer es detenida. / AFP

Al final de la noche, otros cinco agentes federales resultarían heridos, incluido otro que sufrió una conmoción cerebral al ser golpeado en la cabeza con un artefacto pirotécnico comercial. Un agente fue hospitalizado. Varios agentes tienen problemas de visión persistentes por los láseres.

Después de cada noche de protesta, se apoderan de decenas de escudos caseros, hondas, bloques de madera y trozos de hormigón.

'Mis amigos fueron golpeados en la cabeza con martillos. Conozco gente a la que le han disparado con fuegos artificiales. Es repugnante', dijo el agente de los EE.UU. que está en el tribunal desde hace semanas. 'Nunca pensé que tendría que caminar por el edificio de mi oficina usando una máscara de gas para ir a sentarme frente a mi computadora'.

Afuera, cientos de manifestantes volvieron del juzgado con cada nueva ronda de gas lacrimógeno, arrojaron solución salina y agua en sus ojos punzantes, vomitaron o se agacharon para recuperar el aliento, y luego se reagruparon para marchar de vuelta a la valla.

'¡Manténganse juntos, manténganse unidos! ¡Hacemos esto todas las noches!', cantaban.

El número de manifestantes, sin embargo, era la mitad de lo que habían sido unas horas antes. El gas lacrimógeno se filtró incluso alrededor de los bordes de las máscaras de gas que muchos de los manifestantes, periodistas y observadores legales restantes llevaban. Las máscaras de papel y tela que la mayoría de la gente usaba para protegerse del coronavirus, se empaparon de gas del aire, causando que la tela quemara la piel. Incluso una manzana que uno de los manifestantes comió como refrigerio a la medianoche, tenía sabor 'picante' por los químicos que cubrían la cáscara.

'Estaba parado justo en la esquina... escuchando la música y fue como que no la vi venir. No hubo ningún anuncio ni nada de eso', dijo la profesora de secundaria Azure Akamay, que tosía tan fuerte por el gas lacrimógeno que apenas podía hablar. 'Para cuando llegué a esta esquina, básicamente no podía ver'.

En la parte delantera, los que llevaban máscaras de gas formaban una pared contra el gas lacrimógeno y gases pimienta, con escudos y paraguas. Los manifestantes que empezaron a usar sopladores de hojas para devolver el gas a los agentes federales hace varios días, descubrieron ahora que los agentes también tenían sopladores de hojas.

Kennedy Verrett, compositor y profesor de música, recibió gases dos veces y estaba listo para volver a casa. Tuvo que levantarse temprano al día siguiente para dar clases de piano, pero planeaba volver para otra noche.

'Cuando te envían a proteger la propiedad...' dijo de los agentes, que se alejaban. 'Mis antepasados alguna vez fueron una propiedad. Nadie los protegió. El gas lacrimógeno no es nada cuando has vivido 40 años en Estados Unidos como un hombre negro'.

En algún lugar, un campanario repicó a medianoche, aunque eran las 12:38 a.m. y una trompeta tocó de manera lastimosa, mientras las municiones zumbaban por el aire.

El mundo entero parecía estar al revés.

Eran las 2:30 de la madrugada. Una gran hoguera ardía frente al juzgado. Los manifestantes estaban cara a cara con los agentes federales en la valla. Una mujer con un megáfono gritaba obscenidades a través del cable.

Frente a frente. Policías vs. manifestantes. / AFP

Las latas de gas lacrimógeno rebotaron y rodaron por la calle, su carga útil se evaporó en el aire antes de que los manifestantes las recogieran y las lanzaran de nuevo por encima de la valla a los agentes, que se mantuvieron firmes.

Una mujer se abrió paso entre los cientos de personas que se quedaron y le dijo a alguien por teléfono: 'Creo que hemos llegado a una especie de punto muerto'.

Cuando los agentes federales finalmente llegaron, lo hicieron con fuerza. Una línea de agentes marchó en paso cerrado por la calle, empujando a la multitud delante de ellos con gas lacrimógeno y gas pimienta. La gente se dispersó y pequeños grupos recorrieron el centro de la ciudad mientras el gas lacrimógeno ahogaba el aire.

En menos de dos horas, sería de día.

'Finalmente salgo a las 7 a.m., después de estar en el edificio desde las 3 p.m. del día anterior, y miro hacia el este y digo: 'Oh, el mundo es normal allí y la gente está conduciendo para ir a trabajar y la ciudad está limpia y funcionando'', dijo el agente de los Estados Unidos. 'Y miro a la calle y parece el centro de Bagdad'.

Terminada la batalla, los agentes y los manifestantes recogieron sus cosas y se fueron a la cama, los manifestantes y los protectores durmiendo en la misma ciudad, tal vez incluso en la misma calle, descansando para la lucha de la noche siguiente.

Porque al anochecer, todo volvería a empezar.

Por Mike Balsamo y Gillian Flaccus, Associated Press 

Fuente: Diario Clarín >> lea el artículo original